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Apostar al teatro en la provincia de La Rioja es una tarea tanto valiente como sacrificada. La agenda llena de ensayos, los horarios de tantas personas que luchan por coincidir, los contratiempos y puestas en común, además de las decisiones plásticas y técnicas, no son para nada cosa sencilla de concretar, y ni hablar del eterno renegar que corresponde al público consumidor. No obstante, Germán Gordillo, escritor, músico, profe de inglés y actor con recorrido considerable (sobre todo en lo que corresponde a la comedia musical), comenzó en el mes de Agosto de este año a hacer audiciones de lo que en un principio se denominó con un intrigante hashtag #NoSeaChusma. Poco a poco el proyecto se gestó con misteriosos estados de facebook y una muy bien pensada estrategia de curiosidad, develando cada vez más y más datos hasta resolverse en el estreno de “Siesta, el musical” el pasado 8 de Diciembre.

Reiteradas veces he tenido la impresión de que al hablar de musicales (ya sea en películas u obras de teatro), el público se divide entre a los que les gusta en todas sus formas y a los que para nada simpatizan con el género. Digo esto porque, desde el vamos, tomar la posta de producir un musical comprende así mismo dividir a un público que (a ojos de conocidos en el medio artístico) parece ya reducido, siendo un acto arriesgado y con numerosas posibilidades de pasar desapercibido (como MUCHAS de las propuestas teatrales en la provincia). Esto es algo que Germán tuvo en mente desde el inicio, y se nota, pero hablaré de ello más cerca de la conclusión de esta reseña, donde debe estar.

El día del estreno fue caótico, pero de esos caos lindos. Muchísima gente llenando el Teatro Víctor María Cáceres, amigos, conocidos, prensa yendo y viniendo. Finalmente, sentados en las butacas y con las luces de sala apagándose sobre ellas, la voz de Germán suena introduciendo agradecimientos y el relato de Siesta. Con él, desde el silencio, un bebé rompe en llanto cual combustión espontánea en algún sitio entre las butacas. Y es que yo también fuí uno de esos espectadores que pensó “¿por qué traen niños a las obras de teatro?” acompañando con un murmullo quejumbroso. Más tarde entendí que ese llanto puede haber sido de un bebé, pero en realidad era la obra que Producciones Imposibles estaba pariendo, resonando en llanto del infante que respira por primera vez fuera del cuerpo de su madre.

“Siesta” se presenta como un musical que narra la bienvenida que un pueblo le da a un extranjero. Es este personaje, interpretado por Francisco Ridao, quien se encuentra en una etapa dura de su vida, buscando respuestas y una cura a su malestar anímico. Los habitantes del pueblo se relacionan con él (algunos a pesar de él), manifestando de tanto en tanto guiños a la magia y a la ilusión complementados por intenciones fraternales y personalidades que, fácilmente, podrían tener correspondencia con ciertos personajes de algún pueblo alejado de la ciudad y, por qué no, del interior de La Rioja.

Debo admitir que la gran expectativa que tuve personalmente de Siesta, tiene que ver con el hecho de conocer a más de la mitad del elenco y parte de la producción involucrada. Con esto, personajes como el Extranjero, Lalo (Joaquín Masud Chanampa), La Solitaria (Abril Garay) y La Diva (Antonella Torcivia) complementaron a la perfección a los demás integrantes con (quizás) un poco más de cancha en las tablas. Ahora bien, quien vaya a ver Siesta se va a encontrar encantado por personajes resueltísimos como el ya mencionado Extranjero ortivo, la Chinitilla (Carolina Sotomayor), el hombre más feliz del mundo Don Mauricio (‘el del servicio’, Francisco Sotomayor del Castillo) y la vieja chot# del pueblo Mecha (Macarena Laciar). Cabe aclarar que aunque secundarios, la gritona Ana Betiana (Giannina Allegretti), Don Pedro (Facundo Aredes), Doña Aníbal (Marianela Salcedo) y Ortencia (Silvana Taquía) le dan más color y sustancia a una obra que, desde su premisa como musical necesita coreografías grupales y coros suficientes. Incluso la sutil aparición de Rocío Gordillo, como la amada recordada, es un detalle que no pasa tan desapercibido como para no lucirse.

Sobre los personajes, una de las primeras cosas que me llamó la atención es su actuación tan cuidada y familiar. Es más, el empleo del español neutro (esa entonación propia de los programas de televisión infantiles) se combina con las cadencias propias de los riojanos, y aunque componer los discursos con ambas entonaciones parezca una mala idea, lo cierto es que ayuda tanto al entendimiento fluido y concreto de lo que dicen los personajes y no genera distancia hacia su público y raíces.

La estética se ve fresca, mixta, cuidada y genuina. A lo largo de la obra ciertos recursos estilísticos plásticos se adueñan de la escena con un merecido protagonismo que no opaca nada ni a nadie, como la escena dentro de una despensa, el recuerdo del Extranjero mientras mira a la luna, el espectáculo de la Diva, entre otras. La música, como debe ser, se comprende como el recurso por excelencia y dominante que merece su propio párrafo aparte.

La musicalidad, así como el lenguaje hablado se compone de dos esencias: lo criollo y lo Disney. El sonido de la predominante guitarra criolla presente en casi todas las canciones, viene cargada de colores y arreglos que podemos asociar con el folclore, pero tanto Germán como Emmanuel Herrera han sabido pulir esta familiaridad hasta convertirla en otro elemento más que hace al todo. Mientras escuchaba las canciones pensaba en las producciones del por entonces Disney Channel, tanto por las melodías family friendly como por la instrumentación y cuadros coreográficos típicos de cualquier musical. Aún así, lo acertado de las canciones de Siesta no se encuentra en el híbrido resultante; se encuentra en la variedad de melodías y leimotives en cuanto a la forma, y la perfecta organización de ideas que las letras sacan a la luz como contenido.

A la mitad de la obra hubo un tiempo intermedio de 15 minutos donde los espectadores nos relajamos y volvimos a la realidad. Entre butacas, al lado mío se encontraba Juan de Torres, representante riojano del Instituto Nacional del Teatro; lo escuché decir que hace muchos años no se hacía obras con intervalos en la provincia. Me pareció curioso. Lo medité y dado que la obra en su totalidad dura casi 2 horas (tiempo exagerado al tratarse de teatro), el intervalo se hizo tanto necesario como oxigenante. Pero este pensamiento me lleva a otro más fundamental: las escenas.

A lo largo de la obra, las escenas se componen tanto de coreografías y canciones como de diálogos y espacios ficticios concretos. Debo decir, sin dar tantas vueltas, que las mejores escenas se encuentran en la segunda parte, con la excepción del recuerdo del extranjero con su amada en la primera parte. Los momentos que se robaron mi corazón sin duda fueron la oda a los niños que se sienten invisibles en el mundo de los adultos y el casi closure donde aparece una guitarra por arte de magia. Sin embargo, es acá donde debo poner freno de mano y hablar del elemento mágico.

A nivel general, Siesta mantiene muchísima coherencia entre sus personajes, sus motivos, su historia y final, pero el realismo mágico no se sostiene enteramente desde el “#NoSeaChusma”. Verán, cuando preguntaba a conocidos sobre qué se trataba el proyecto me contestaban de forma automática “No sea chusma”. Lo gracioso es que esta frase se repite con mucha inteligencia a lo largo de la obra (junto con “Alegría”), siempre cortando la curiosidad de quien demanda respuestas. El caso es que Siesta presenta una incógnita, “algo que los habitantes del pueblo saben y no revelan”, para luego verlos petrificando al extranjero con un ademán de manos o servirle una poción sospechosa. A lo que voy: el elemento mágico se hace presente en menos de la mitad de la obra instalando la curiosidad del espectador, pero nunca explica cómo ni por qué el pueblo domina la magia. Uno podría concluir “es la metáfora de la magia del pueblo”, y yo respondería “esta gente hizo aparecer un objeto de la infancia del pibe de la nada, no me pidas que no sea chusma, ahora quiero saber”. Y es que esa porción de información es demasiado jugosa para dejarla diluir, porque una de las cosas más interesantes es que estos personajes pueden hechizar al protagonista, y siendo algo tan peculiar necesita sostenerse desde algún lado y evidentemente decirle al espectador “No sea chusma” no es suficiente.

Hay escenas que son muy bellas en cuanto a lo estético, pero que, en mi perspectiva, no aportan datos imprescindibles. Tal es el caso de “La leyenda del hombre de la lanza” o “La solitaria”, que incluso me dejó la sensación que teniendo ciertos personajes para profundizar (Ortencia, Mecha, La Amada), estos momentos que si bien se presentan como los mitos y celebraciones propios de un pueblo, funcionan como el relleno que casi podría explicar la magia o hasta el hecho que el pueblo es una especie de ilusión, de epifanía o sede de pobladores hechiceros, pero que no completa el círculo que la obra comenzó a dibujar.

Con todo, Siesta concluye con un logro: evitar el final romántico telenovelesco y heterocliché donde el chico conoce a la chica y le cambia la vida, vivieron perdices y comieron felices. Siesta se trata de bajar un cambio, de hacerse amigo de las circunstancias y de darle oportunidad a aquello que subestimamos. La amistad entre el protagonista y la niña, la compañía de Don Mauricio, la alegría que mantiene vivos a los personajes es, para mí, un núcleo poderoso y que vale la pena presenciar.

Para concluir me gustaría destacar el impresionante laburo de difusión y promoción que equipo creativo se puso al hombro. Desde ir a la radio, publicitar cada 2 o 3 días, hacer entrevistas en la tele, conseguir sponsors, CONSEGUIR SPONSORS (si, lo digo de nuevo), hacer la gestión con el INT y el Teatro Victor María Cáceres es un gran ejemplo de cómo se deben hacer las cosas. Tanto los artistas y en particular los teatristas deben mirar la movida de Siesta y aprender que todo este trabajo que muchas veces se ve obstaculizado por, -debo decirlo-, la paja, la falta de visión y la soberbia de muchos en el medio, es imprescindible si queremos hacer valorar nuestro trabajo artístico. Porque podemos quejarnos una y otra vez que nuestro arte no vale, que la gente no va a conciertos o a ver obras de teatro, pero si no hacemos valer el precio de las entradas que proponemos, si no le damos al espectador un trabajo de calidad, si no gestionamos la promoción, los grandes teatros, los medios que tenemos al alcance y un poco más allá, difícilmente podremos llamarnos realmente artistas. Y ese, es el verdadero y gran logro de Siesta y Germán.

PD: Por más obras con una producción de puta madre y menos flyers pixelados hechos con sin sentido del gusto con word.

Por Emmanuel Cabeza
PH: Julieta Herrera

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