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Técnicamente, PUTO se escribe en mayúsculas, con ganas para el énfasis, en intención de impregnar su calidad de adjetivo. O al menos así necesita y elige anunciarse la obra de Ezequiel Barrios, artista graduado de la Universidad Nacional de Artes de Buenos Aires que con 4 letras presenta una obra de teatro físico y danza, un mensaje, una intención, la cultura contemporánea, y a sí mismo.

La tarea de hoy es intentar desmenuzar y desarmar las capas de sentido de PUTO, y es que (para empezar por alguna) elegir esa mala palabra  como título obliga a una resignificación de su intención, dado que “puto” pasa de ser ese enfático y despectivo insulto a convertirse (también) en un nombre, en una identidad que no podés no pronunciar a la hora de denominar la obra, activando el sentido del pudor de necesariamente nombrar algo que, respetuosamente, es muy probable que no harías tan a conciencia. Esta elección “maleducada”, nos recuerda a los espectadores el peso de una palabra que debemos tomar en serio y hacernos cargo tanto como Ezequiel, quien sin  aparecer en escena ya nos habla desde un título.

Dicha declaración de intenciones suele ser recurrente en los pasillos de las carreras de arte, donde es muy probable encontrar, año tras año, numerosas puestas que abordan las peripecias de vivirse homosexual, siendo las perfectas circunstancias para muchas personas de hacer catarsis, reconocerse, valorarse y entregar al público las anécdotas del mundo retrogrado del que venimos y debemos querer escapar. Mencionar esto me parece pertinente, porque como alguien que ha recorrido esos pasillos y situándome desde un punto de vista estrictamente artístico, dichas propuestas suelen caer (a veces por inexperiencia) en lugares comunes y formas inacabadas que no terminan de aguantar su propio contenido.

Ahora bien, PUTO se muestra salida de este recorrido, aunque con una madurez poderosa y cargada de personalidad. Y es que los elementos que componen la temática de ese tipo de puestas están ahí: la música pop, el varón que usa vestidos, el estigma tajante de la mala palabra con insistencia, la constante persecución y castigo del exterior que le dice a nuestro protagonista cómo ser y qué hacer. Pero la victoria está en la yuxtaposición de los elementos que antes que pisarse entre sí, se comunican y dialogan efectivamente, ya que en su acontecer, PUTO trata al cuerpo como una resistencia que se exige con movimientos oscilantes entre cotidianos, teatrales y danzantes, que cuando parece descansar en realidad recicla fuerzas para continuar su despliegue y lograr imágenes hipnóticas, bellas y comprometidas.

Mientras el cuerpo de Ezequiel se dilata, repite, satura y distiende el caos con mucho control, la iluminación y la música acompañan como yendo de la mano, modelando y cuidando el contenido del todo. En particular, la música es realmente volátil, yendo desde una pieza de piano familiar a una clase de danza contemporánea, hasta recortes de melodías brasileras o pop experimental. En este sentido la música impredecible no ensucia a la obra en ningún momento, y es que la obra es muy consciente de ese revoltijo heterogéneo pero coherente que elige ser, siendo una puesta salpicada y salpicante de elementos varios que no buscan reafirmar nada, sino abrir sentido, evitando constantemente la literalidad.

Por momentos, el texto suele hacer esa última vuelta de tuerca para ajustar las líneas de sentido sostenidas por los otros lenguajes, El discurso toma la forma del otro, del que habla del puto, del que maltrata al puto, o el puto que no quiere ser puto para sacarse el estigma, y nuestro protagonista nos duele como si fueramos nosotros el que está en el closet, como si estuviéramos aguantando con él. Hay ciertos detalles que considero grandes victorias, como el texto metrallante de gritar “puto” más allá de lo que quisiéramos escuchar, los constantes guiños a lo sucedido en Brasil (donde la obra fue cancelada debido a las fuertes políticas derechistas actuales), el cuerpo vestido de la mujer de un sueño, y el monólogo del último acto que sin más deja al cuerpo, las luces y la música en silencio para hablar sin descanso, censura ni culpa. Con todo esto, Ezequiel se reconoce a sí mismo, con nosotros y desde nosotros como sociedad latinoamericana; desde elegir el teatro físico en comunión con la danza contemporánea para materializar el cuerpo que resiste, la identidad que aguanta.

Me inclino a pensar que las obras de arte (sin distinción específica de lenguaje) corren el peligro de quedar truncas si la forma no es capaz de soportar su contenido. Es decir, podemos hablar de problemáticas sociales cuantas veces sea necesario, pero este hecho no nos quita la responsabilidad como artistas de generar propuestas interesantes y puestas consistentes. En este sentido, PUTO es un acierto de principio a fin que juega con los lugares comunes para hacerles decir más, evitando caer en lo predecible, redireccionando la atención y trayendo frescura a una temática que la necesita, y en La Rioja, no sólo en contenido, sino también en forma.

Texto: Emmanuel Cabeza
Fotos: Julieta Herrera

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