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“¿Alguien es celíaco?”, una pregunta inusual si vas a entrar a una obra de teatro. Lo primero que se te cruza por la cabeza es que antes, durante o después de la función la obra necesitara que como espectador comas algo con pan, muy probable, sobre todo viniendo de parte del Grupo Kamar quienes antes se han inclinado por este tipo de jugadas con la obra “Nosotras en el Espejo”. Dueños de la sala “La Kanoa de Papel” y con una clara escuela barbiana a la hora de hacer teatro, el grupo Kamar tiene tanta cancha, recorrido y peso en nuestra ciudad que verlos se convierte en un ejercicio de aprendizaje y entretenimiento al mismo tiempo, seas o no habitué del teatro.

Reconfigurados con un nuevo elenco, Miriam Corzi y Daniel Acuña Pintos presentaron Kermesse acompañados de Angie Saavedra, William Leguizza, Facundo Bracco, Fabricio Quinteros, Gabriel Osorio, Pablo Delgado, Isabel Corzi y Cynthia Gómez, con Miriam también en escena y Daniel en la dirección. Así, Kermesse supone su siguiente obra luego de Canción de cuna para refugiades, la cual los consagró como primer lugar en la Fiesta Provincial del Teatro del año pasado.

Con las y los intérpretes entre sombras, la escena se presenta a 360º donde los espectadores rodeamos lo que entendemos como escenario, aunque el escenario es todo, y las sillas sólo encaran hacia donde apunta la luz. Digo esto ya que los cuerpos responsables de lo que paulatinamente toma forma de ritual se pasean, musicalizan y deambulan detrás de tu silla, generando el ambiente y sembrando pistas de lo que viene. Entre máscaras, velas, gemidos y ritmo de tambores, los diarios dispersos en el centro del círculo se regresan a nuestros pies y nos señalan noticias puntuales, en mi caso, sobre una mujer asesinada, otra declaración de intenciones.

La búsqueda del grupo se hace notar: los cuerpos, objetos y vestuarios le dan forma al ritmo, si, forma al ritmo; y es que la obra hace protagonista al silencio a la vez que redirecciona la atención a lugares, para algunos, “más propios del teatro”, huyendo a la tendencia textocentrista que masomenos sigue a la orden del día en otro tipo de obras. Silenciar el diálogo me recuerda automáticamente a la película A Quiet Place, donde al igual que Kermesse, el silencio abre posibilidades dramáticas y narrativas, dando rienda suelta a la regla de oro del cine (y para mí también del teatro): “no cuentes, mostrá”.

Mostrar, justo eso, Kermesse muestra un humor de ritual, miradas que hablan; la lentitud es firme para los desplazamientos y el desarrollo de las acciones, te permite otro tipo de atención a cada sorpresa. Paulatinamente ciertos retazos de brusquedad de uno o dos intérpretes aparecen. Desaparecen las máscaras y se dividen los géneros, los sexos, los grupos, comienza la danza de cortejo y su constante tirar y aflojar. La celebración y el guiñazo a la chaya con la harina que salpica te dice todo lo que necesitas saber, te contenta. Además de valorar la propuesta artística de Kermesse y sus responsables, me gustaría destacar el encanto de los objetos y de la sorpresa, cosa muy presente en las propuestas barbianas y que entra en sintonía de quien viene.

Kermesse se divide en etapas protagonizadas por el ritual, la ceremonia, la fiesta, la negociación y el sacrificio. Es quizás necesario ir a verla en grupo o con algún acompañante, dado que al ser una propuesta donde todo es “el frente”, es muy fácil perder ciertos detalles que puedan completar a la lectura general. La obra presenta ciertas interrupciones para construir direcciones: lo que empieza en juego termina en ceremonia, todo es divertido hasta que alguien se zarpa. Kermesse juega con los rituales, con los lugares de poder, te muestra a las mujeres como premios o como presas y a los varones como el poder cazador, totalmente adrede y con una clara intención. Mostrar de nuevo. Antes de irte cubierto de fiesta, quizás entiendas que salirte de los lugares sombríos requiere ciertos sacrificios y silencios, entrenando la escucha y la atención.

Por: Emmanuel Cabeza

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